Papelón: Mi Peor Blind Date

Feb 9, 2017 | Lifestyle

Ir en un blind date es como tirar una moneda al aire: una nunca sabe cómo va a caer. Nos vestimos de fuerza y valentía con la esperanza de que la otra persona llene nuestras expectativas o, por lo menos, no sea tan malo o mala como para salir corriendo. En Merodea te pedimos que nos enviaras tus peores experiencias con un Blind Date, y de todas las historias sometidas, estas fueron nuestras favoritas. Let the ‘papelones’ begin!

The Neverending Blind Date: Por Clarisa Pacheco 

Todo comenzó con una llamada de mami: “Tu prima tiene un amigo que necesita una acompañante para la cena de navidad de su compañía. ¿Tú quieres ir?” Mi hermana, que estaba a mi lado, se ríe, “Ah sí, mami me llamó a mí también, pero yo le dije que no”. Y yo acá pensando, o sea que yo debo ser como la tercera opción del tipo. Antes que pudiera responder, mi madre continúa: “el muchacho es de lo más nice, es amigo de tu prima, tiene buen apellido y su familia tienen negocio en yo no sé qué, chica uno nunca sabe.”

Acepté por una mezcla de mi curiosidad intrínseca de conocer a todo el mundo y de descubrir que la cena era en uno de los mejores restaurantes del Área Metro. Mami emocionada me adelantó que también iríamos a un concierto de alguna banda que sonaba relativamente conocida. En fin, dije que sí.

Él me envió un text relativamente rápido, lo cual me pareció muy caballeroso. Me pidió que estuviera ready a las 8, que me iba a buscar en mi casa, me dijo algún chiste charro y quedamos para las 8. So far so good.

Llegan las 8 y se acerca este carro americano parecido al Mustang. Yo medio nerviosa me monto y él tiene una lata de Coors Light en la mano. ¡Coors Light! Como si lo del carro no hubiera sido suficiente. Yo a mí: “OK, go with the flow. JUST. FLOW”.

Llegamos a la cena y yo era la persona más joven en la mesa. Pero la carne estaba buena, la ensalada estaba buena y el vino estaba bueno así que ignoré todo lo demás. Termina la cena y resulta que no era la compañía la que pagaba, ellos tenían que pagar algún porcentaje. O sea, con razón él me dijo en algún momento que había pedido demasiada comida. Oh, well. Yo estaba de acompañante así que no tenía por qué preocuparme.

Bueno, ahora para el Choli que vamos a lo del concierto. ¿Cuál era la banda? Una de música ochentosa con dos o tres canciones sonando en Fidelity o Estereotempo desde que mami nos llevaba al colegio. Por lo menos me sabía algunas. En fin, hice dos o tres snapchats y mi date se aburrió. Se acabó el concierto, prendieron las luces y todo quedó súper claro entre él y yo. Estábamos cansados y me llevó a mi casa. Y ahí quedó todo.

No.

Un día mi mamá me invita a este famoso restaurante en Utuado con mi prima y su nuevo novio. ¿Adivinen quién es el nuevo y actual novio de mi prima con el cual compartimos todas las fechas importantes? Pues sí. Él mismo. El ‘vieji’ del carro plateado y predilección por las Coors Light. Yo ni me acordaba de su nombre y como tres eventos después le pregunté a mi hermana en secreto… “Oye… ¿yo no salí con ese muchacho? No paramos de reír en toda la noche.

Caramelo y Chocolate: Por L.L. de Victoria

Entré al restaurante y sentí una gota de sudor bajar por la curva de mi espalda cuando lo vi sentado en la barra agitando lo que podía ser un whisky en las rocas. En las fotos de su profile se veía “cute” en el tope de Machu Picchu, en el “finish line” de un tríalo, con los panas en la playa, incitándome con sus tatuajes (es que me encantan los tatuajes), pero como hoy en día con el filtro adecuado cualquier sapo parece príncipe, no me hice de muchas ilusiones cuando me invitó a “darnos unos drinks y a comernos algo.”  Por eso quedé paralizada cuando resultó evidente que esa ricura de hombre era mi blind date de esa noche.

Me recibió con un abrazo que pensé iba a ser un beso en el cachete y terminó siendo una combinación deliciosa pero “awkward” de ambos. Mientras ordenaba una larga lista de tapas y el round de tragos, yo observaba su piel de caramelo, sus ojos color chocolate y en mi cabeza Iris Chacón cantaba “tu eres el papito de mi vida…” Reitero que deliraba del hambre y este hombre estaba como para comérselo con calma, por lo que a medio black label con coco ya estaba decidida a que iba a pasar la noche entera con él, hasta que el sol saliera.

Comenzaron a traernos las tapas y me bajaba los tragos con la misma fluidez que consumía todo lo que hablábamos. Ceviche de Lionfish y pinchos de camarones con chorizo. Otro Black Label.  Y de momento una piquiña y un calor extraño entre las piernas. Pensé ‘wow, este hombre me provoca una reacción visceral’.  Entonces él comentó que mi pecho estaba rojo y me reí, acusándolo de estar ligándome el escote. Otro round de Black y salmorejo de jueyes. Él me besó y me pesaron los labios y la lengua.  La garganta se me cerraba de la excitación. Me miró a los ojos intensamente y me dijo “ve al baño, hay algo extraño en tu cara”.

Frente al espejo del baño miré con horror mi pecho rojo con brotes, labios a lo Angelina Jolie con colágeno, párpados hinchados, uno más que el otro, nada que hacer, ya parecía un Picasso estropeado. Y el picor entre mis piernas, ronchas por todas partes. Consideré tirarme agua encima para que se calmara el picor, pero mi tráquea parecía estar cerrándose. Ni qué reacción visceral ni nada: reacción alérgica era lo que tenía.

Cuando salí del baño ya él había saldado la cuenta. Se convirtió en mi héroe cuando me preguntó “¿vamos al Ashford o al Auxilio?” Yo con mi cara desfigurada de vergüenza lo seguí hasta su carro y me llevó a sala de emergencias, donde descubrí que soy alérgica a algo que me comí esa noche. Objetivo cumplido: se quedó conmigo hasta que salió el sol. Pero luego que me dejó en casa, luego de un abrazo amistoso que olía a hospital con cigarrillo, nunca más supe de él, nunca más me llamó.

El Mujeriego: Por Jessica Lee

Había este muchacho que yo tenía en mi Facebook hace tiempo y de un momento a otro empezamos a hablar constantemente hasta que decidimos encontrarnos. Acordamos ir al cine, ya que creo que es un sitio romántico para una primera cita.  El chico era súper guapo, estudiaba en Mayagüez y parecía que teníamos muchas cosas en común.

El sábado por la noche yo llego al cine y él me ve. Nos saludamos y todo iba de lo más bien. El muchacho era más guapo y sexy que en su foto, y era perfecto hasta que…

Chico guapo: “Oye, compré dos taquillas”.

Yo: “Aww, gracias, me hubieras esperado para comprar la mía”.

Chico guapo: “¡No! No compré la tuya, solo compré la mía y la de mi hermano”.

Yo: “Ohhh, ok, pues haré la fila”.

Mis ganas eran de irme. No exijo que me comprara la taquilla, pero por lo menos me hubiera esperado para comprarla juntos o él la compraba y luego le daba el dinero. Tuve que hacer la fila yo sola y él ni tan siquiera me hizo compañía. Vimos la película y luego él intentó besarme, pero no lo hice porque me sentía muy decepcionada.

Pero ahí no acaba todo. Cuando salimos, el chico guapo se dirige hacia su carro y nos topamos con que su vehículo estaba escrito con marcador y tenía frases que decían: ‘Te amo’, ‘Eres mío’ y muchos corazones. Yo le dije “nos vemos” y él dijo, “Ve suavecito”, y ahí quedó mi cita a ciegas con un mujeriego de primera clase.

Desde ese día no vuelvo a confiar en el amor a ciegas.