Por Qué Llevo Mi Bandera Por Las Calles de Nueva York

Jun 9, 2017 | Features

Todo empezó con un post  de Instagram de la banda indie puertorriqueña Buscabulla. Su cantante, Raquel Berríos, se distingue por su estilo cuando toma el escenario, específicamente por incorporar la nostalgia de la cultura puertorriqueña que tenemos todos los que radicamos en la diáspora. ¿Cómo olvidar ese outfit de “Miss Ponce” o la camiseta del salsero Frankie Ruiz que utiliza como vestido?

Lo que me enganchó esta vez fue un jacket de cuero, pero no cualquiera. No. Este jacket tenía mi bandera– la monoestrellada- en la espalda. Dije: “Wow, la botó del parque con esto”. Confieso que, antes de mudarme a Nueva York, no era fan de cualquier parafernalia con la bandera de Puerto Rico. Me parecía algo innecesario. Y díganme que en Puerto Rico esta práctica no se echa a un lado como “cosa de Neoyorican”.

Pero, una vez pisé Nueva York, la bandera se convirtió en un refugio. Está en todos lados, no miento. Váyase al Lower East Side, a East Harlem, a Bushwick, a Williamsburg, allí la verá, en forma de mural o tela, blanca y negra en la exhibición CitiCien de Defend PR, blanca y oro en la calle 116 en East Harlem o enredada con la pecosa (la bandera estadounidense) en Hell’s Kitchen.

Así que cuando encontré el jacket en una tienda en East Harlem, mi amiga tuvo que pararme en seco con el precio. “Tú no tienes $100 para esto, mamita”, dijo. Y era verdad, más pelá no podía estar. 

Frances Solá en la protesta del 1ro de mayo en Union Square. Foto Diara Díaz Reyes.

Dejé mi corazón con el jacket en El Barrio Music Center. Le dije al dueño: “No lo venda. Le prometo que vuelvo con los chavos”. Y no fue promesa vacía.

Varios días después, mi amiga y yo esperábamos con ansias la apertura del concierto de Café Tacvba en Terminal 5. Era Buscabulla. Y a las 7 pm (en punto) Raquel tomó el escenario con su vestido de Frankie Ruiz y EL JACKET. En un concierto donde mi amiga y yo éramos unas de los pocos puertorriqueños, gritar “Baby, tú le metes bellaco” al son de Buscabulla era ya una oportunidad para vivir el orgullo patrio. Pero, un jacket con la monoestrellada subió la escala bastante. Me viré y le dije a mi amiga: “Mañana doy un tarjetazo, lo quiero”.

Una vez el jacket colgaba en mi clóset, no podía parar de mirarlo. Le envié fotos a mi familia, quienes- como buen boricua isleño- me respondieron: “Házte un tatuaje de una garita y ya eres neoyorican”. Otros me dijeron: “Wow, como el bejuco tira pa’l monte”. Permiso, pero, ¿se supone que iba a dejar de ser boricua al mudarme a Nueva York?

No es que le hiciera caso a las críticas, pero entendí que este era uno de esos statements que ameritaba una buena explicación. Revisité mi copia de War Against All Puerto Ricans de Nelson Denis. Varias horas después, entendí que mi jacket no era un fashion statement, que no era solo una señal de que estaba entrando en las filas de neoyorican. 

En el 1948, ni Raquel ni yo pudiésemos haber llevado este jacket puesto. De hecho, la bandera puertorriqueña era ilegal gracias a la Ley de Mordaza de este año, la cual convertía cualquier indicio o celebración de nacionalismo puertorriqueño en un crimen. 

Buscabulla presentándose en Terminal 5.

En resumen, ser boricua era ilegal. Así que en las últimas semanas del frío neoyorquino, mi jacket y yo hicimos escante en el CUNY Graduate School of Journalism. En el primer día, mis amigas latinas me pararon para tomar fotos. Una de ellas dijo: “Wow, ¡qué poder!” Mientras, amigos estadounidenses me preguntaban el porqué del jacket. Para algunos, fue el primer encuentro con la bandera puertorriqueña, la cual no sabían ni que existía. Hicieron preguntas como “Does Puerto Rico have a flag?” y comentarios sarcásticos como “You wearing a Puerto Rican flag? What a surprise!

Ser puertorriqueña en Estados Unidos ha sido un reto, no lo niego. Todavía me sorprende cuando me dicen “But you don’t look Puerto Rican” o “I bet your parents come from money. You are not like other Puerto Ricans”. Y al hablar sobre la situación actual de Puerto Rico, muchos intentan educarme sobre la deuda o de convencerme que somos culpables de la crisis económica en la Isla. 

Todavía recuerdo esa primera semana de orientación cuando un profesor dijo: “Those people think they can be independent, but they are not. They are American and they should be thankful”. Acto seguido, contesté: “I’m one of them and, believe me, I am not American”.

Si ponerme un jacket con la bandera de Puerto Rico es una manera de iniciar una conversación sobre la situación económica de la isla o educar a extranjeros sobre las atrocidades que el gobierno estadounidense ha cometido en contra de mi gente, pues que así sea. Estar lejos no significa dejar de luchar por la isla o ignorar la dolorosa historia detrás de nuestra situación actual. En todas las trincheras, luchamos. Yo, en el periodismo. Raquel, en el escenario. Y así le decimos al mundo que los puertorriqueños le metemos bellaco.