True Stories: Papelones de Madre

True Stories: Papelones de Madre

May 3, 2017 | Cuerpo y Mente, Descubre, Historias Reales

Ser mamá es una de las labores más sacrificadas y bonitas que pueden existir. Las madres hacen hasta lo imposible por darle lo mejor a sus hijos, muchas veces balanceando el tiempo entre la crianza, el trabajo y todo lo que hay que hacer en la casa. Peeeeeero, cuando todo esto se junta, los ‘fails’ y ‘fuckups’ son inevitables. Por eso, te pedimos que nos contaras tu peor papelón como mamá, para que todas las demás madres sepan que no están solas. De todas las historias que se sometieron, estas tres fueron las que más nos hicieron llorar… pero de la risa. ¡Que empiecen los papelones!

Si de papelones se trata, yo digo presente. Hace varios años me divorcié y una amiga cercana, como preámbulo a mis nuevas noches de soltera, me regaló un vibrador. Después de tantos años de casada por poco se me cae la cara de vergüenza cuando abrí mi buzón y veo lo que tenía mi ‘single take-care package’. Así mismo lo guardé en mi clóset y, como madre soltera sin tiempo para nada, olvidé el vibrador.

Una noche mientras me planchaba el pelo y escuchaba música (mi rutina relax de los domingos) mis nenas estaban jugando en mi clóset con mis zapatos y carteras, cuando de momento siento que la grande me llama y me dice “mamá, ¿qué es esto?” Yo entonces me viro con mi santa calma y ahí la plancha fue lo menos que se me cayó.

¿Adivinen lo que tenía en las manos? Nada más y nada menos que el aparato rosita con brillito. Me puse pálida, sentía que me faltaba la respiración, quería hablar y no me salían las palabras. Mil explicaciones que le podía dar, pero ninguna válida para su edad.

Solo me salió decirle ‘eso es para dar masajes’ y procedí a prenderlo y pasármelo por la espalda. Como si esto no fuera suficiente bochorno, ella me dice ‘pues dame masajes a mí’. Tuve que pasarle el vibrador por la espalda a ella y a la hermana porque ambas querían un masaje con el aparato de mamá.

Solo me queda decirles que es una imagen difícil de borrar de la memoria. Pensar que cuando estén más grandes y sepan lo que es un vibrador, se acordarán y me reprocharán aquel domingo en la noche.

Esa noche el vibrador se fue junto con la basura para evitar futuros encuentros. Ahora le ruego al más allá que nunca se les ocurra contarles a las abuelas o al padre que mamá tiene una máquina rosita que vibra para dar masajes.

Por: Anónima Full

Si algo he aprendido como madre de una niña, es que hay que tener MUCHO cuidado con las cosas que se dicen delante de los hijos. Me explico: un día hace unos años atrás, cuando mi hija todavía estaba en primer grado, su padre y yo tuvimos una conversación en la cual, como si fuera la cosa más normal del mundo, yo le dije a él ‘a mí me gusta la cerveza bien fría’. El error, sin embargo, fue decirlo cuando mi hija estaba presente.

¿Por qué?

Porque unos días más tarde me llaman de la escuela para que me reuniera con la Directora y la Trabajadora Social. Por teléfono no me dijeron los detalles, y salí para la escuela con el corazón que se me quería salir. ¿Qué le pasaba a mi hija que a todas vistas era una niña feliz? La respuesta, no obstante, me llegó tan pronto entré a la oficina de la Directora. ‘Su hija, Señora Figueroa, le dijo a la maestra delante de toda la clase que ella tenía ganas de tomarse una cerveza bien fría’, fue lo que me dijo la Directora y, por más que intenté mantenerme seria, no pude evitar echarme a reír. Le expliqué todo a la Directora y a la Trabajadora Social, y me dieron tremendo ‘speech’ sobre las cosas que no se deben hablar delante de los niños.

Por eso ahora, cuando quiero hablar algo ‘sensitivo’ delante de mi hija, hablo en jeringonzas. Ojalá que no aprenda el código de la jeringonza, porque entonces voy a tener que aprender japonés.

Por: María Figueroa

Cuando los hijos son pequeñitos, convencerles de que Santa Claus existe es bastante fácil. No cuestionan nada, y no hay que estar haciendo un plan a lo ‘Mission Impossible’ para esconder los regalos. Sin embargo, la cosa cambia radicalmente cuando los hijos están en una edad que, aunque todavía creen en Santa Claus, ya no se comen los cuentos tan fácilmente.

Una Noche Buena me dio con ponerme creativa. Alquilé un traje de Santa Claus, completo con la barba blanca, el gorro y las botas negras. Eran como las siete de la noche, y los niños todavía estaban despiertos, ansiosos porque esa noche llegaba Santa. Mientras veían televisión con el padre, me puse el traje de Santa rápidamente y salí fuera de la casa por la puerta que da al patio. Brinqué la verja, y en el intento se me rajó el pantalón. Sin embargo, nada iba a parar mi ‘gran función’.

Ya frente a la casa, toqué la puerta. ‘¿Quién es?’, preguntó mi hija mayor. ‘Es Santa!’, le contesté, con la voz más grave que pude poner. Entonces la puerta se abrió de par en par, y las caras de asombro de ellas eran únicas. ‘Jo jo jo jo jo!’, les dije, ‘Soy Santa Claus, y quiero decirles que, por portarse muy bien en este año, recibirán toooooodos los juguetes que pidieron’. Mi hijo menor se puso tan contento que vino a abrazarme, pero, cuando se separó de mí, sentí un pequeño ‘panic attack’ cuando miré al piso: allí, tirada, estaba la barba de Santa.

Entonces, hice lo mejor que pude bajo las circunstancias: me tapé la cara y salí corriendo. ‘Mamiiiiii, mamiiiiii’, me gritaban mis hijos mientras yo viraba la esquina. Mi intento de ser Santa Claus había sido todo un ‘fail’. Desde ese día, en lugar de escribirle la carta a Santa Claus, mis hijos se la escriben a ‘Mamá y Papá’. Todo por ponerme creativa.

Por: Santa Wanabí

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